O polvo de ángel, píldora de la paz, barco del amor… El PCP es una sustancia muy adictiva que con el tiempo desarrolla tolerancia. Los efectos varían según la dosis: si es baja, el consumidor siente un leve aumento de la frecuencia respiratoria, aumento de la tensión arterial y del pulso, adormecimiento de las extremidades, dificultad de coordinación y desorientación general. En cuanto al consumo en dosis altas, la persona sufre bajada de tensión, lentitud en el pulso y la respiración, lo que desemboca en nauseas, vómitos, alucinaciones, psicosis esquizofrénica, violencia, convulsiones, coma y muerte.
Se denomina “cristalizada”, la persona que ha consumido PCP durante mucho tiempo. Los síntomas son la disminución de reflejos, la pérdida de memoria, dificultad para hablar y pensar, depresión, pérdida de peso, impulsividad, letargia, dificultades de concentración y trastornos emocionales. Estos síntomas pueden persistir pasado un tiempo después del último consumo.
Normalmente, se suele consumir disuelta en agua o alcohol, aunque también podemos encontrarla como pasta gomosa, en papel mojado, tabletas o capsulas.